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Autor: Equipo Comunicaciones

Un mínimo de justicia climática: Obligaciones internacionales de los Estados en su fase definitiva

Por primera vez la Corte Internacional de Justicia examinó el marco jurídico internacional y concluyó que todos los Estados tienen obligaciones legales de proteger el sistema climático que provienen del derecho internacional general.

  • Por Ezio Costa Cordella, Director Ejecutivo de ONG FIMA.

Los daños de la crisis climática ya se sienten y son cuantiosos y cuantificables. Entre 2000 y 2019, se estima que hubo daños de 143 billones de dólares anuales producidos por eventos climáticos extremos, 53% de lo cual es atribuible al cambio climático. Ese monto ha seguido creciendo y continuará en un ritmo acelerado.

Las millonarias pérdidas no son una entelequia, son muertes, daños físicos, pérdidas de bienes y de patrimonio de personas, empresas, organizaciones y Estados, que aunque no hayan producido el problema, cargan con sus costos. En algunos casos, el daño proyectado incluso implica la pérdida total o parcial del territorio de algunas naciones.

Es por ello que un grupo de estudiantes de la Universidad del Pacífico Sur, decidieron en 2019 creer en el Derecho, fundaron Pacific Islands Students Fighting Climate Change y contactaron a los gobiernos de la región para proponer algo inusual: llevar la pregunta sobre las obligaciones de los Estados frente a la crisis climática a la Corte Internacional de Justicia, el tribunal más alto del mundo.

Vanuatu fue el primero en escucharlos y construyó una coalición diplomática de países vulnerables, pequeñas islas y naciones en desarrollo que llevó a que, luego de acuerdos en Naciones Unidas, la Corte escuchara las posiciones de los países y entregara su respuesta en 2025.

Lo que la Corte dijo es de gran importancia. Por primera vez examinó el marco jurídico internacional y concluyó que todos los Estados tienen obligaciones legales de proteger el sistema climático que provienen del derecho internacional general, rechazando los argumentos de los grandes emisores que buscaban limitar las obligaciones climáticas exclusivamente al régimen de la Convención Marco y el Acuerdo de París.

Para la Corte, el deber de diligencia debida, la protección de los derechos humanos, la obligación de prevenir daños significativos al medio ambiente y el derecho de los Estados a exigir reparaciones por perjuicios causados por las emisiones de otros forman parte del arsenal jurídico que el derecho internacional pone a disposición frente a la inacción climática.

Adicionalmente, se confirmó que tanto la acción como la omisión estatal que contribuyen al daño climático pueden constituir una violación de obligaciones internacionales, con las consecuencias jurídicas que eso implica en términos de reparaciones. Esto no es menor pues por décadas los grandes emisores han sostenido que el derecho internacional no les imponía obligaciones concretas de reducción de emisiones más allá de las que cada uno definiera voluntariamente en sus contribuciones nacionales.

La Corte desmontó ese argumento al señalar que el objetivo de 1,5°C del Acuerdo de París es jurídicamente vinculante y que los Estados, en particular los mayores emisores, deben adoptar medidas ambiciosas de mitigación acordes con la mejor ciencia disponible. La omisión de hacerlo, incluida la continuación de exploración y producción de combustibles fósiles, puede configurar una violación del derecho internacional (y a los derechos nacionales).

Estos dos grandes avances, junto con otros como la obligatoriedad de la cooperación internacional y el reconocimiento de algunos principios fundantes del derecho ambiental, fueron examinados y aprobados el 20 de mayo de 2026 por la Asamblea General de Naciones Unidas, al emitir una resolución que acoge la opinión consultiva de la Corte y llama a los Estados a cumplir con las obligaciones que la Corte identificó.

El resultado fue elocuente: 141 votos a favor, apenas 8 en contra (Irán, Israel, Estados Unidos, Rusia, Arabia Saudita, Bielorrusia, Yemen y Liberia) y 28 abstenciones. La resolución no solo legitima la opinión consultiva en el plano político sino que le encarga al Secretario General de Naciones Unidas un informe sobre el avance en el cumplimiento, instalando un mecanismo de seguimiento que transforma la opinión de un texto jurídico en una agenda de rendición de cuentas.

Este respaldo es un hito relevante, pero la aplicación recién comienza ahora. Las opiniones consultivas no son vinculantes en el sentido técnico del término, pero su valor jurídico es indiscutible siendo una fuente de primera importancia para definir qué exige el derecho de sus Estados.

Hay una base fundamental detrás de la resolución de la Corte, que dice relación con quien causa un daño debe repararlo y el derecho internacional no requiere de nueva legislación para lo que ya es una obligación. Así, es de esperar que el poder judicial comience a aplicar estas obligaciones adecuadamente, pues de esa forma estarán haciendo exactamente lo que el sistema jurídico les pide: tomar en serio que la crisis climática es, también, una crisis de legalidad.

Columna publicada en El Desconcierto – 24/05/26

Empresas y DD.HH.: tres fallas ambientales del proyecto de reconstrucción

  • Por Carolina Palma Correa, coordinadora de Incidencia en ONG FIMA

Estas últimas semanas los focos del debate político han estado en el Plan de Reconstrucción Nacional y Desarrollo Económico presentado por el Gobierno. Este proyecto de ley, usando como pretexto la necesidad de reconstrucción tras catástrofes como los megaincendios ocurridos en Valparaíso, Ñuble y Biobío, camufla una de las reformas más regresivas en temas ambientales, con el objetivo de «destrabar» la inversión. Esta apuesta tensiona los estándares nacionales e internacionales en medio ambiente y derechos humanos, y lo que hace es quitar herramientas que las personas ya poseen para protegerse en caso de que un proyecto de inversión esté pasando a llevar sus derechos, al mismo tiempo que le entrega ciegamente mayores beneficios a las empresas.

Si analizamos el proyecto de ley, solamente centrándonos en la propuesta ambiental, a la luz de los Principios Rectores de las Naciones Unidas sobre las Empresas y los Derechos Humanos (PRNU, 2011), hay al menos tres fallas evidentes. Estos principios universales básicamente establecen el deber del Estado de proteger los derechos humanos, el de las empresas de respetarlos, y el de ambos de contar con mecanismos de reparación en caso de violación a los derechos humanos. Estos principios son estándares orientativos, pero universalmente reconocidos. Entonces analicemos:

En primer lugar, y lo más polémico ha sido la propuesta de una especie de seguro estatal para proyectos ilegales. Básicamente, se crea un mecanismo de restitución de gastos para empresas cuyas Resoluciones de Calificación Ambiental (RCA) sean anuladas judicialmente. Significa que el Estado va a compensar a proyectos que no cumplen la ley con fondos públicos, trasladando el riesgo económico del inversionista al Estado. Esto, por lo pronto, contradice el deber del Estado de desincentivar actividades empresariales que vulneren la legalidad ambiental y crea incentivos perversos que benefician a quienes presentan proyectos deficientes. Incluso la Corte Suprema, en su informe al Congreso sobre el proyecto, advirtió este riesgo.

En segundo lugar, se elimina la invalidación administrativa. En palabras simples, se les quita a los ciudadanos un mecanismo de control y reparación para impugnar Resoluciones de Calificación Ambiental (RCA), el cual es la única vía administrativa autónoma que existe para reclamar ilegalidades. Esta propuesta atenta directamente contra los derechos de acceso a la justicia que tenemos todos los ciudadanos y el debido proceso. Por otro lado, se reducen los plazos para solicitar la invalidación de permisos sectoriales, imponiendo una carga excesiva a las comunidades afectadas para ejercer su derecho a la defensa. La certeza jurídica es algo que necesita toda la población, no solo las empresas.

Por último, se vulnera la obligación de las empresas de respetar los derechos humanos y hacer frente a las consecuencias negativas en las que tengan participación, lo que se hace evidente particularmente en las modificaciones sobre salmonicultura. La propuesta busca flexibilizar la ya cuestionada Ley de Pesca(1), eliminando por ejemplo el deber de someter a evaluación ambiental cualquier tipo de relocalización de concesiones en la industria del salmón. Esto es particularmente preocupante a la luz de la presión ambiental que genera esta industria y de los casos de vulneración de derechos humanos hacia trabajadores que se han documentado(2).

Si bien la institucionalidad ambiental se puede hacer más eficiente con ciertas mejoras, eso no significa darle carta blanca a cualquier proyecto que prometa inversión, porque el daño ambiental, en la mayoría de los casos, es irreparable. Este proyecto, tal y como está, no apunta a la eficiencia real del sistema porque no fortalece al Servicio de Evaluación Ambiental ni ordena los permisos sectoriales. La certeza jurídica, las regulaciones ambientales y el derecho a la salud y a vivir en un ambiente libre de contaminación no son trabas: son derechos.

(1) Nuevas pruebas de aportes ilegales de las pesqueras a los diputados Sauerbaum y Bobadilla
(2) Impacto ambiental de Salmonicultura en dos aspectos, Siete muertos en un mes: el costo humano de la industria salmonera

Columna publicada en Cooperativa – 18/05/26

El doble de cursos: ¡Abiertas las inscripciones para la Usocioambiental 2026!

En una nueva versión, el espacio de formación ambiental gratuito impulsado por ONG FIMA ofrece 24 cursos y talleres bajo el lema «Aprendizajes para cuidar el territorio», con docentes de Chile y de toda la región.

En un momento en que debates como la protección de humedales urbanos, la crisis climática, la pérdida de biodiversidad o el rol de la inteligencia artificial ocupan cada vez más espacio en la agenda pública, contar con ciudadanía informada, crítica  y con herramientas para actuar resulta más urgente que nunca. 

Con ese propósito se abren las inscripciones para la octava edición de la Usocioambiental, espacio de formación ambiental libre, orientado a acercar conocimientos y herramientas a personas, organizaciones y comunidades interesadas en comprender y actuar frente a los desafíos ambientales actuales, sin restricciones de edad, género, nivel educativo ni lugar de residencia.

El doble de cursos, el doble de voces

Bajo el lema  “Aprendizajes para cuidar el territorio”, este año se pone el énfasis en la transferencia de conocimientos y la generación de capacidades concretas para la acción, con el objetivo de fortalecer el rol de la sociedad civil frente a la crisis climática, ecológica y social. 

Este año la Usocioambiental ha duplicado su oferta formativa, pasando de 12 a 24 cursos y talleres, con una mayor diversidad de horarios, ampliando las posibilidades de participación para quienes tienen distintas disponibilidades durante el día. Junto con ampliar las posibilidades de elección para quienes participan, también se duplica el número de organizaciones que compartirán sus experiencias y perspectivas. En este sentido, una parte importante de los cursos serán impartidos por docentes y organizaciones de otros países de América Latina, como Ecuador, Venezuela, México, Argentina, Bolivia y Perú, consolidando el carácter regional de la iniciativa.

La programación abarca temáticas diversas y de alta contingencia: desde la triple crisis ambiental, el derecho ambiental y la economía ecológica, hasta la desinformación y la inteligencia artificial, la geopolítica de las transiciones ecológicas, la agroecología, la soberanía alimentaria, la defensa del territorio y las estrategias de comunicación para organizaciones ambientales.

“Los nuevos cursos están enfocados en temáticas que disputan las narrativas que hoy se instalan en los discursos internacionales y nacionales sobre cambio climático y medio ambiente. Así, es posible encontrar ciclos sobre minería con perspectivas críticas a la visión tradicional del sector, otros sobre geopolítica, desinformación e inteligencia artificial, por mencionar algunos”, comenta Sofia Rivera, coordinadora del proyecto para ONG FIMA. “Son cursos fundamentales para comprender temáticas que hoy están en la palestra, pero que además entregan herramientas y estrategias concretas para lidiar con esas problemáticas: no se quedan solo en la información, sino que orientan sobre qué hacer frente a ellas”, agrega. 

Un espacio de formación consolidado y en expansión

La Usocioambiental nació en 2019 como una alternativa de formación para personas interesadas en comprender y actuar frente a los desafíos ambientales. A diferencia de las estructuras educativas tradicionales, no entrega grados académicos ni exige evaluaciones, sino que promueve el aprendizaje horizontal entre pares. En su edición 2025 reunió a cerca de 1.745 personas, que generaron más de 3.000 inscripciones. Para 2026, ya se registran cerca de 400 inscripciones, con aproximadamente 100 personas por curso.

La iniciativa cuenta con el financiamiento de la Fundación Friedrich Ebert (FES) y el apoyo de la Universidad de Chile.

Las inscripciones ya están abiertas en www.usocioambiental.cl

Gobernando contra el desarrollo de Chile

  • Por Ezio Costa, Director Ejecutivo de ONG FIMA

Tómese cinco segundos para pensar país desarrollado. Seguramente lo que aparece es un lugar limpio, tranquilo, seguro, libre y educado. Un país donde se puede acceder a los bienes y servicios de manera adecuada, donde respirar bien, caminar seguro y tener acceso al conocimiento no son privilegios sino condiciones básicas y donde la gente puede proyectar su vida sin que el azar de su origen lo condene. Ese es el país que Chile aspira de manera colectiva, independientemente de quien gobierno o por quien votemos. Sin embargo, las propuestas y señales que ha dado el gobierno del Presidente Kast apuntan exactamente en la dirección contraria.

Cuando pensamos en un país más limpio y cuidado, es difícil no pensar en los modestos avances que hemos tenido en temas como humedales y biodiversidad. Chile tardó décadas en aprobar leyes que les dieran protección mínima, para que hoy esa protección se ponga en cuestión en nombre de la «flexibilización» y el «desbloqueo de la inversión». Se habla nuevamente de permitir construcciones sobre humedales, como si las últimas décadas de evidencia científica y de gestión urbana en el mundo no existieran.

Países como Alemania, que desde 1976 ratificó la Convención de Ramsar y hoy tiene 35 sitios protegidos de importancia internacional, o los Países Bajos que a pesar de ser uno de los territorios más densamente urbanizados del planeta han construido marcos legales y programas de restauración de humedales entienden que estos ecosistemas no son obstáculos al desarrollo: son parte de él. Son los pulmones y los espejos de las ciudades. Son refugios para las personas y la biodiversidad en medio del cemento. Además, construir sobre humedales produce edificaciones estructuralmente más frágiles, propensas a filtraciones, hundimientos y daños que terminan afectando a los mismos compradores que se pretende favorecer. 

Si pensamos en un país menos pobre y con mayor acceso a bienes y servicios, tanto el aumento de los costos de vida como el recorte transversal del 3% a todos los ministerios se aparece rápidamente en el camino. Entre otras cosas, el Ministerio de Vivienda redujo en un 60% los subsidios del Fondo Solidario DS49 para el primer llamado de 2026, el principal mecanismo con que familias vulnerables acceden a una vivienda sin endeudamiento.

Asimismo, se han puesto en duda políticas públicas básicas como la alimentación escolar y se ha afectado el financiamiento de programas para personas en situación de calle, entre otros. Difícilmente podemos creer que esto nos hace avanzar hacia el desarrollo. Un país que no da atención mínima a las personas en situaciones vulnerables, por ejemplo empeorando las circunstancias de personas en situación de calle, no es precisamente un país desarrollado.

Y si pensamos en un país más culto y menos ignorante, no podemos dejar de mirar el desprecio explícito por el conocimiento. El Presidente Kast declaró ante cerca de mil asistentes: «A veces 100 millones, 500 millones, para una investigación que termina en un libro precioso, empastado, en la biblioteca. ¿Cuántos trabajos generó? Ninguno». La frase es reveladora, no solo por lo que dice, sino por lo que ignora. Por poner ejemplos cotidianos, tecnologías como el GPS, el láser y la resonancia magnética surgieron desde investigaciones básicas sin aplicación inmediata.

Asimismo, el funcionamiento institucional se sostiene sobre el conocimiento creado por las ciencias sociales que evalúan, por ejemplo, el impacto que un programa tiene en la población. Por lo demás, la investigación científica financia empleos para estudiantes, técnicos e ingenieros, formando a las personas que luego construyen empresas, políticas públicas y soluciones. Sin embargo, Chile invierte apenas el 0,4% de su PIB en investigación y desarrollo, siendo que el problema estructural de la ciencia en el país no es que sobre plata, es que falta. Un presidente que reduce el valor del conocimiento a su efecto inmediato sobre el empleo no solo revela una mirada miope sobre el desarrollo: Esos libros preciosos, empastados en las bibliotecas, contienen exactamente el tipo de evidencia que este gobierno prefiere ignorar.

Y luego está el proyecto emblema de este gobierno: la reforma tributaria que recorta impuestos a los sectores de mayores ingresos, exime de tributación a las viviendas de mayor valor, y ofrece incentivos adicionales a quienes invierten en empresas, con la promesa de que todo eso se «chorreará» hacia abajo. Este es un argumento viejo y desacreditado. Los recortes tributarios a los ricos no tienen efectos significativos en el crecimiento ni en el empleo, pero sí aumentan la desigualdad de ingresos (Hope & Limberg, 2020), siendo que los efectos positivos sobre los trabajadores son mínimos y concentrados en quienes ya están mejor (Risch, 2023). Darle más a los que más tienen no es una política de desarrollo, sino una mezcla entre fervor ideológico y favores para los amigos. 

Así las cosas, el derrotero que estamos tomando es hacia un país menos limpio, más pobre y más ignorante, pero también más desigual. Chile ya parte de una posición preocupante: según el Banco Mundial, nuestro índice de Gini se sitúa en torno a 0,43, uno de los más altos entre los países de la OCDE y, según el World Inequality Lab, el 1% más rico concentra cerca del 24% del ingreso nacional, lo que ubica a Chile en el puesto 11 entre los países con mayor concentración en ese segmento a nivel mundial. Nuestra pésima posición podría empeorar.

En este escenario, y especialmente tomando en cuenta los encuadres de la discusión pública, se vuelve importante pensar nuevamente el país que queremos y ver cómo las políticas que se impulsan pueden contribuir, o no, en dicho camino. Perseguir un aumento en el crecimiento puede ser un objetivo razonable si se hace de manera correcta, pero ni crecer asegura desarrollarnos, ni lo que se viene impulsando por ahora apunta a mejorar ni una cosa ni la otra. Por ahora, el despliegue gubernamental parece estar  más preocupado de honrar su fervor ideológico y sostener discursos que no se condicen con la realidad, antes que favorecer el bienestar de Chile. 

Columna publicada en El Desconcierto – 11/05/26

Combustibles fósiles: Crónica de una transición anunciada

Hoy termina la Conferencia de Santa Marta, la primera conferencia internacional sobre el abandono de los combustibles fósiles. Una oportunidad sin igual para alcanzar acuerdos de cooperación con los países que apuestan por una matriz energética limpia y segura.

La intempestiva alza en el precio de los combustibles tras la “crisis del petróleo ” tuvo un impacto desproporcionado en nuestro país. La decisión del gobierno de suspender los subsidios a la bencina y diésel fue percibida como un abandono a la población más vulnerable, y tuvo a nuestro país al borde de la paralización. Autoridades, empresarios y académicos mantienen un enardecido debate sobre cómo distribuir los impactos económicos y sociales de una “guerra que nadie pidió”.

Sin embargo, para las organizaciones de la sociedad civil que trabajan por la justicia ambiental y climática, el devenir de los hechos parece un escenario altamente predecible, casi una profecía autocumplida. Era solo cuestión de tiempo que estallara otra guerra basada en los recursos fósiles. También era cuestión de tiempo para que Chile, país todavía altamente dependiente de este recurso volátil e ineficiente, sufriera consecuencias importantes ante una emergencia de este tipo.

Cuando el gobierno de Sebastián Piñera anunció el año 2019 lo que se convertiría en el “Plan de Descarbonización al 2040 ”, varias organizaciones de la sociedad civil y comunidades respondieron categóricamente: no podemos esperar. Inmediatamente se propusieron cronogramas alternativos al 2030, de cara a los impactos en la salud de las personas y los ecosistemas de dichos territorios.

Dicha oportunidad se perdió entre informes técnicos y discursos de expertos, que tildaban de poco realista dicho anhelo. Luego, las mismas autoridades y otras voces del sector empresarial moverían los límites de lo posible para impulsar las supuestas «verdaderas soluciones»: la creación de megaproyectos de transmisión eléctrica, el despliegue de megaproyectos de hidrógeno verde de exportación y la explotación intensiva de salares para la extracción de litio.

Este doble estándar respecto a la agenda energética es una manifestación del modelo de transición al que ha apostado nuestro país: una transición “no gobernada”, en la que, a pesar de contar con múltiples instrumentos de planificación, el devenir de la matriz energética nacional continúa completamente relegado a los intereses de los principales sectores industriales del país. Así, las políticas de transición energética parecen enfocarse a comunicar a los inversionistas un buen escenario de rentabilidad y certeza, más que a proponer directrices para un modelo energético sustentable y resiliente.

En las últimas semanas, ha quedado demostrado que los impactos de esa falta de planificación y gobernanza golpean principalmente a la población más vulnerable. Ello vuelve a abrir un debate sobre lo “urgente”, lo “importante” y lo “estratégico” en materia energética, una diferencia que, desde una perspectiva climática, resulta casi indistinguible. Nuestra capacidad para mitigar los impactos de la crisis dependerá de las decisiones que tomemos en lo que resta de esta década.

Sin embargo, sería iluso pensar que esas decisiones dependen solamente de la voluntad de nuestro país. Como país dependiente de la importación de combustibles fósiles, resulta impostergable la cooperación internacional de otros países en transición, en términos financieros, tecnológicos y de gobernanza.

Por otro lado, no basta con contar con fuentes renovables de alta calidad; el desarrollo de infraestructura requiere acuerdos económicos y políticos con otros países que apuesten por esta agenda de sustentabilidad y soberanía energética. La pregunta es: ¿estamos aprovechando como país todas las oportunidades disponibles para resistir esta crisis energética?

En esa línea, hoy termina la Conferencia de Santa Marta, la primera conferencia internacional sobre el abandono de los combustibles fósiles. Una oportunidad sin igual para alcanzar acuerdos de cooperación con los países que apuestan por una matriz energética limpia y segura.

 

La ley miscelánea: Un ataque al derecho ambiental

Lo que la ley miscelánea propone no es velocidad: es impunidad para proyectos ilegales, vulnerando derechos fundamentales y la convivencia democrática.

  • Por Ezio Costa, Director Ejecutivo de ONG FIMA

El Gobierno ha presentado un proyecto de ley miscelánea que, entre sus múltiples disposiciones, contiene algunas de las reformas más regresivas en materia ambiental que se hayan impulsado en los últimos años.

Particularmente graves son aquellas que pretenden dar inmunidad a los proyectos que ilegalmente afecten al medio ambiente, reduciendo la capacidad de acción de las instituciones y las posibilidades defensa de las personas afectadas.

En primer lugar, la propuesta pretende restringir gravemente el derecho a acceso a la justicia, limitando las vías para impugnar las resoluciones de calificación ambiental de una manera no sólo inadecuada en términos de justicia, sino incluso inconveniente para la certeza jurídica.

Hoy existen básicamente dos vías para impugnar una RCA, una que está habilitada solo para quienes hicieron observaciones ciudadanas y que sólo se refiere a la no consideración de esas observaciones, y otra que refiere a las ilegalidades en general que puede tener el procedimiento, que es la invalidación administrativa.

Este segundo mecanismo es el que se quiere dejar sin efecto, eliminando el único procedimiento que existe para reclamar ilegalidades y, por lo tanto, blindando a actividades que se encuentren en esas situación de ilegalidad. Cerrar esa puerta no es una racionalización del sistema, sino un bloqueo que atenta contra la certeza jurídica y que no beneficia ni a la ciudadanía, ni al medio ambiente ni tampoco a las empresas que hacen bien su trabajo, sino solo a quienes se han visto beneficiadas por la ilegalidad.

Esas mismas personas que se benefician de la ilegalidad, tienen más privilegios en este proyecto del gobierno, que prohíbe a los tribunales detener obras potencialmente ilegales mediante medidas cautelares, estableciendo un plazo máximo de 6 meses para esas medidas. Esto no es menor.

Las medidas cautelares existen precisamente para evitar que mientras se discute si algo es legal o no, el daño ocurra, y sea irreversible. En la práctica, esto es parecido a que se limitara la prisión preventiva de individuos peligrosos a un máximo de meses, forzando a los jueces a liberarlos cuando transcurra ese tiempo, sin considerar el daño que podrían causar o ninguna otra variable.

Pero hay más: La propuesta del Gobierno busca que los proyectos cuyas resoluciones de calificación ambiental estén siendo impugnadas en tribunales puedan ser construidos de todas formassin esperar el resultado del juicio. En la lógica del proyecto de ley, los permisos que otorga el Ejecutivo son infalibles, algo bastante extraño para un gobierno que no confía en el Estado y busca disminuirlo por todas partes. Más extraño aún para un Estado en que supuestamente no hay suficiente dinero para cuestiones esenciales.

La ironía no se sostiene, un proyecto ilegal no podrá ser confrontado en tribunales, si es que llega a serlo no podrá detenerse de manera urgente para evitar sus daños y además en caso de que se llegue a anular su permiso, será indemnizado con dinero de todos, por las molestias causadas. Es decir, el erario público subsidiando proyectos ilegales.

A esto debiéramos sumar que hay una propuesta de reducción del plazo que tendrán las autoridades para revisar los proyectos y que se quiere dotar al Servicio de Evaluación Ambiental de facultades exorbitantes (e inconstitucionales) para pasar por sobre las facultades de otros organismos del Estado, centralizando el poder decisional de tal forma de hacer más fácil que proyectos ilegales sean aprobados no sólo por potenciales errores, sino también por vías reñidas con la probidad.

Todo lo anterior contradice frontalmente a la lógica de control del abuso de poder del Estadoa los derechos de las personas en materia ambiental, tratados internacionales suscritos por Chile y elementos básicos del derecho ambiental, como el principio preventivo.

La lógica del principio preventivo es sencilla: cuando existe riesgo de daño, se actúa antes de que ocurra, no después. El proyecto invierte esa lógica: construye primero, discute después, y si hay error, paga el Estado.

Es legítimo querer agilizar los procesos de evaluación ambiental, pero hay una diferencia enorme entre agilizar y desmantelar; entre simplificar procedimientos y beneficiar ilegalidades. Lo que este proyecto propone no es velocidad: es impunidad para proyectos ilegales, vulnerando derechos fundamentales y atentando contra estándares mínimos de convivencia democrática en un Estado de Derecho.

Columna publicada en El Desconcierto – 24/04/26

Conferencia de Santa Marta cierra con hojas de ruta nacionales y nuevo panel científico para acelerar la salida de los combustibles fósiles

El encuentro, realizado entre el 24 y 29 de abril en Colombia, reunió a 56 países y más de 2.600 organizaciones y cerró con cinco resultados concretos que buscan complementar el régimen climático internacional. Para Chile, que sigue dependiendo de la importación de combustibles fósiles para sostener su matriz energética, los acuerdos alcanzados abren una oportunidad estratégica.

La Primera Conferencia Internacional para la Transición más allá de los Combustibles Fósiles cerró el 29 de abril en Santa Marta, Colombia, dejando abierto un proceso que busca complementar y fortalecer el régimen climático internacional. El encuentro, impulsado por Colombia y Países Bajos y respaldado por la presidencia de la última COP, reunió a 56 países (Chile se restó en el último momento) y más de 2.600 organizaciones de todo el mundo en torno a un objetivo común: avanzar más allá de los compromisos actuales hacia una salida efectiva de los combustibles fósiles.

Durante décadas, en las negociaciones climáticas, este tema no se abordó directamente. Recién en la COP28 de Dubai, en 2023, los países acordaron por primera vez avanzar hacia una “transición que deje atrás los combustibles fósiles en los sistemas energéticos, de forma justa, ordenada y equitativa”. Sin embargo, ese hito también dejó en evidencia los límites del sistema: acuerdos no vinculantes, metas voluntarias y una regla de consenso que, en la práctica, permite que países con intereses en la industria frenen avances más ambiciosos. Es en ese contexto donde Santa Marta fue el espacio para los países dispuestos a ir más lejos.

Los resultados de Santa Marta

La conferencia cerró con cinco resultados concretos. Uno fue la creación del Panel Científico para la Transición Energética Global, copresidido por los reconocidos científicos Carlos Nobre y Johan Rockström, que aportará respaldo técnico al proceso. Otro, el anuncio de una segunda conferencia para 2027, que tendrá como anfitriones a Tuvalu e Irlanda, manteniendo la lógica de cooperación norte-sur que marcó el espíritu de Santa Marta.

Los tres resultados restantes son grupos de trabajo que definirán el camino a seguir. El primero busca que cada país construya su propia hoja de ruta para salir de los combustibles fósiles, conectada con los compromisos climáticos que ya tienen adquiridos ante Naciones Unidas. Para Chile, que suscribió ese compromiso en la COP28 y tiene pendiente actualizar sus metas climáticas, esto representa una oportunidad concreta de traducir las declaraciones en acciones. El segundo grupo trabajará en herramientas compartidas para que los países puedan medir y hacer visible cuánto dependen aún de los combustibles fósiles en sus economías. El tercero se enfocará en cómo llevar todo esto a la práctica.

«La Conferencia de Santa Marta mostró que la voluntad política para avanzar existe y que hay un grupo importante de países dispuestos a ir más allá de los compromisos actuales. Las hojas de ruta y los marcos de transparencia son compromisos que, de alguna manera, nuestro país ya ha comenzado a desarrollar a partir de su Plan de Descarbonización. Sin embargo, será clave que estos instrumentos se revisen y actualicen desde una perspectiva de transición justa, y que se estructuren en base a instrumentos concretos que permitan su implementación efectiva en los próximos años”, señala Felipe Pino, coordinador de Programa de ONG FIMA.

El proceso además se declaró abierto, permitiendo que nuevos países se sumen en adelante. Si bien no hubo acuerdos vinculantes ni compromisos de financiamiento concretos, y la ausencia de grandes productores como Estados Unidos, China, India y Rusia limita su alcance global, Santa Marta logró articular una hoja de ruta compartida y un calendario de trabajo concreto, en un escenario donde la cooperación climática sigue siendo más urgente que nunca.

Una oportunidad estratégica para Chile

Los acuerdos alcanzados en Santa Marta tienen implicancias directas para países como Chile, que a pesar de sus avances en energías renovables sigue dependiendo de la importación de combustibles fósiles para sostener su matriz. En 2025, estos representaron cerca del 15% de sus importaciones, lo que refleja una dependencia estructural de mercados externos altamente volátiles. Esa fragilidad quedó en evidencia recientemente con alzas en los precios de la gasolina y el diésel que impactaron la inflación, el costo del transporte y el precio de los alimentos.

Reducir esa dependencia no solo permitiría al país alinearse con las metas del Acuerdo de París, sino también amortiguar los efectos sociales de la crisis energética global y fortalecer la soberanía energética. «Chile cuenta con condiciones excepcionales para el desarrollo de energías renovables, pero la transformación que requiere nuestra matriz energética todavía necesita un fuerte impulso de cooperación internacional, no solo en términos de inversión, también en los procesos de toma de decisiones, para que los proyectos cuenten con verdadera legitimidad social y compatibilidad territorial», agrega Pino.

El país acumula además una experiencia relevante en la materia. Desde 2019, las principales empresas generadoras acordaron el cierre o reconversión de las 28 centrales a carbón hacia 2040, de las cuales 14 ya han cesado sus operaciones. A esto se suma el compromiso de alcanzar un 80% de energía limpia al 2030 y la incorporación de una Estrategia de Transición Socioecológica Justa. No obstante, estos avances también han sido cuestionados por su impacto en comunidades locales, especialmente en territorios catalogados como «zonas de sacrificio», donde aún existen brechas en restauración ambiental y garantías laborales.

Insumos para ampliar esta discusión

Como forma de aportar a la discusión sobre cómo transformar la transición energética en una oportunidad concreta para el desarrollo del país, ONG FIMA publicó Apuntes de política ambiental N°14: “Transición más allá de los Combustibles Fósiles: una oportunidad estratégica para Chile en tiempos de incertidumbre económica”. 

En el documento se analizan  avances, restricciones y aprendizajes de la experiencia de Chile, así como da cuenta de los desafíos de implementar una transición energética que a estas alturas ya es urgente. 

Descargar aquí.

Escazú y clima: derechos de acceso como herramienta de cambio

El libro impulsado por ONG FIMA reúne experiencias de América Latina y el Caribe para mostrar cómo los derechos de acceso son herramientas concretas para enfrentar la crisis climática desde la democracia. Cuenta con la participación de organizaciones como FARN, Asociación Ambiente y Sociedad, Grenada Land Actors y CANARI.

El libro “Escazú y clima: derechos de acceso como herramienta de cambio” reúne experiencias de organizaciones de Argentina, Chile, Colombia y el Caribe, evidenciando tanto avances como tensiones en la implementación de este tratado. Desde contextos de negacionismo climático hasta desafíos en transparencia y participación, los capítulos muestran una constante: existe una brecha entre lo que establecen las normas y lo que ocurre en la práctica.

Uno de los ejes principales del libro es la democracia ambiental, entendida como la garantía de tres derechos fundamentales: acceso a la información, participación pública y acceso a la justicia. A estos se suma un cuarto elemento clave: la protección de las personas defensoras del medio ambiente, especialmente en una región donde enfrentan riesgos crecientes.

A partir de ahí, el libro recorre distintos contextos nacionales que aterrizan estos desafíos. Desde Argentina, Andrés Napoli y Cristian Fernández (FARN) abordan el avance del negacionismo climático y los retrocesos institucionales, mostrando cómo el Acuerdo de Escazú puede operar como una herramienta para exigir información, participación y justicia. En Chile, Mariana Carrasco, Carolina Palma y Macarena Martinic (ONG FIMA) analizan la transparencia climática, evidenciando que, pese a contar con marcos normativos robustos, persisten brechas en el acceso, calidad y uso de la información.

El caso colombiano, desarrollado por María Paula González y Karol Sanabria (Asociación Ambiente y Sociedad), muestra los esfuerzos por llevar Escazú desde la norma a la práctica, particularmente en los procesos de evaluación ambiental, junto con las tensiones que surgen en un contexto de alta conflictividad para quienes defienden el ambiente. Desde el Caribe, Kriss Davies (Grenada Land Actors) presenta una mirada territorial sobre la implementación del acuerdo, destacando el rol de las comunidades en la gobernanza ambiental frente a presiones del desarrollo. Finalmente, Nicole Leotaud y Dylis McDonald (CANARI) amplían la perspectiva regional, subrayando el papel de la cooperación y las redes para fortalecer la justicia climática en pequeños Estados insulares.

Los libros también están disponibles en formato EPUB, para libros digitales (eBooks). Puedes descargarlos aquí.

Nueva revista: Invitan a toda Hispanoamérica a participar en concurso de arte y escritura sobre justicia climática

La convocatoria, impulsada por ONG FIMA, se enmarca en el lanzamiento de SURGENCIA, un  nuevo proyecto editorial para abrir nuevas miradas sobre la crisis climática desde la creación.

La crisis en el acceso al agua, los incendios forestales, la fragmentación de ecosistemas y eventos climáticos extremos hacen cada vez más evidente que la situación, lejos de mejorar, empeora a nivel global. En ese contexto las alertas por parte de científicos y los pronunciamientos desde la política y la técnica se han vuelto habituales. Sin embargo, este debate no puede quedar únicamente en esas instancias ni avanzar desconectado de la forma en que lo viven las personas.

En este contexto, ONG FIMA impulsa SURGENCIA, una nueva revista anual que abordará la crisis climática desde el cruce entre el arte, la escritura y la reflexión jurídica, abriendo un espacio para nuevas miradas sobre uno de los desafíos más urgentes del presente.

Este proyecto está pensado como una revista en formato magazine que combinará contenido ensayístico, periodístico y jurídico con piezas artísticas, con el objetivo de traducir discusiones legales y complejas en relatos más cercanos, sensibles y conectados con las experiencias de América Latina. 

“La crisis climática es una crisis sistémica, y como tal, debe ser enfrentada en todos los procesos sociales y de vida. La revista SURGENCIA se distancia de los formatos académicos tradicionales para dar paso a una narrativa más abierta con mejor llegada al público, difundiendo las ideas de pensadores y artistas sobre cómo enfrentar la crisis climática con perspectiva de justicia”, señala Sofía Rivera, investigadora de Estudios en ONG FIMA y coordinadora de la Revista.

Convocatoria

En el marco de esta iniciativa, se abre la convocatoria “Surgencia: Arte y Justicia Climática”, un concurso que busca reunir obras para su primera edición, bajo la temática de las decisiones de la Corte Internacional de Justicia sobre cambio climático y la responsabilidad de los Estados frente a la crisis. La invitación está dirigida a personas residentes en países de Hispanoamérica, mayores de 18 años de edad, quienes podrán participar en dos categorías: artes visuales, donde se incluyen la ilustración, fotografía, collage, pintura digital u otras técnicas adaptables al formato editorial; y escritura creativa, que abarca géneros como poesía, cuento breve, crónica o microrrelato. 

“La temática quedó claramente en la palestra en 2025, a partir de las resoluciones de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y de la Corte Internacional de Justicia sobre este aspecto. La revista SURGENCIA plantea que estas resoluciones no debieran quedarse solo en precedentes judiciales, conocidos únicamente por personas especializadas en derecho o que trabajan en el ámbito institucional. Por el contrario, las decisiones de estas cortes son fundamentales para la acción climática de todos y todas: ciudadanos, organizaciones, actores privados y Estados”, explicó Sofia Rivera, investigadora de Estudios de ONG FIMA y coordinadora de la revista. 

Las postulaciones estarán abiertas entre el 20 de abril y el 31 de mayo de 2026 para toda persona hispanoamericana mayor de 18 años, sin distinción de nacionalidad ni género. Las obras serán evaluadas por un jurado compuesto por personas vinculadas al mundo del arte, la cultura y el derecho ambiental, junto con miembros del equipo de ONG FIMA. En total, se seleccionarán cinco propuestas que serán publicadas, mientras que el primer y segundo lugar recibirán premios en dinero de USD $300 y USD $200, respectivamente.

Los resultados del concurso se darán a conocer el 20 de junio de 2026, mientras que la publicación de la revista está proyectada para el segundo semestre del mismo año. Las personas interesadas pueden revisar las bases completas aquí y enviar sus obras a través del siguiente enlace. 

Cuidado y planificación del agua a nivel de cuencas

  • Por Antonio Pulgar, coordinador de Estudios en ONG FIMA

En el marco de la conmemoración del Día Mundial del Agua, vale la pena reflexionar sobre algunos elementos indispensables para la protección efectiva de los cuerpos de agua en Chile. No es necesario resaltar el papel del agua en las actividades cotidianas que nos sostienen día a día, ni resulta novedoso destacar su papel en el desarrollo de actividades productivas a distintas escalas. Lo que sí ha sido un avance en la discusión nacional es recordar un elemento básico y clave: para cuidar el agua, debemos gestionar el territorio donde se encuentra.

Para realizar dicha administración de los cuerpos de agua, son fundamentales los Planes Estratégicos de Recursos Hídricos por cuencas, instrumentos de gestión creados en 2022, tanto en la reforma al Código de Aguas como en la Ley Marco de Cambio Climático.

Su objetivo es contribuir a la planificación de la gestión hídrica en Chile, con un enfoque territorial que fortalezca la adaptación y la resiliencia de los grupos humanos en cada lugar del país, con el propósito de alcanzar niveles de seguridad hídrica que permitan contar con información sobre la calidad y la cantidad de agua en cada territorio. Esto se logra mediante un conjunto de medidas indispensables para afrontar las necesidades de agua actuales y futuras en cada cuenca, con actualización cada 10 años.

La implementación de estos instrumentos representa un gran desafío para Chile, que tiene 101 cuencas hidrográficas que deben contar, de manera obligatoria, con dichos planes. En ese sentido, los esfuerzos de política pública desarrollados a lo largo de diversos gobiernos han permitido la constitución de distintas mesas de gobernanza y se ha avanzado en la determinación de 20 cuencas piloto en Chile que ya cuentan con sus Mesas Estratégicas constituidas.

Con todo, el desafío venidero es importante y de largo aliento. Aún no contamos con planes estratégicos por cuencas aprobados; solo en dos casos los procesos de participación han concluido y se espera que se dicten los primeros planes en las cuencas de los ríos Huasco (Atacama) y Maullín (Los Lagos). Mientras tanto, las 81 cuencas restantes esperan iniciar este proceso para formar parte de una deliberación urgente sobre las necesidades hídricas que se presentan ante los nuevos escenarios climáticos.

En este contexto, existen procesos políticos e institucionales que no se pueden detener. La creación de estos planes respondió a una deliberación política y legislativa que se extendió durante 12 años, en los que se constataron las dificultades de acceso al agua, entendida como un derecho humano, así como las dificultades materiales que distintas comunidades y poblados enfrentan hoy, con menos agua y de peor calidad para sus usos cotidianos.

Así las cosas, es necesario recordar que el rol del servicio público no es una cuestión meramente ideológica, sino un sistema que apunta a mejorar las condiciones de vida de las personas, considerando el lugar donde habitan y elevando, de manera concreta, su calidad de vida.

Columna publicada en El Desconcierto – 28/03/26