Quebradas y tornados

  • Por Ezio Costa, director ejecutivo de ONG FIMA. 

Puede sonar extraño, para un extranjero, que tengamos un orgullo tan marcado por ser buenos para resistir desastres naturales. Sin dudas es una particularidad cultural, a la que se suma nuestro oscuro humor en este tipo de eventos, que nos permite sobrellevarlos mientras reímos. Es una particularidad que se vincula con nuestra geografía y con tener un territorio en que tantos eventos son posibles, desde los climáticos hasta los que no lo son, como terremotos y erupciones volcánicas.

Sin embargo, no todos los eventos tienen el mismo alcance, frecuencia y posición en nuestra cultura. Algunos se repiten periódicamente y tienen causas reconocibles, otros son esporádicos e impredecibles. Entre los primeros, debiéramos contar con los aludes que bajan por las quebradas, entre los segundos, con los tornados que avanzan por las llanuras.

Chile es uno de los países del mundo más vulnerables al cambio climático (vaya sorpresa). Esa vulnerabilidad está dada por una serie de factores entre los que vale la pena recordar la gran presencia de ecosistemas de montaña. Nuestra realidad de montañeses nos hace más vulnerables por al menos cuatro razones:

  1. La dependencia hídrica de la montaña
  2. El acelerado derretimiento de glaciares
  3. Las pocas posibilidades de adaptación para las especies de montaña
  4. El mayor riesgo de desastres en la montaña

Nuestro paisaje está repleto de quebradas, en ambas cordilleras y también en menor medida en los valles, estos ecosistemas cumplen funciones críticas en el ciclo hídrico, no sólo canalizando los excesos de agua y los deslizamientos en períodos de grandes precipitaciones, sino también permitiendo la recarga de acuíferos, sirviendo como refugios a la biodiversidad e incluso como reguladoras microclimáticas.

Las quebradas son parte de nuestro imaginario y Mistral las dibuja junto con el Aconcagua en el Poema de Chile (Ya se oyen sus cascadas,/ por las espumas blancas / la madre mía baja / y después se va yendo / por faldas y quebradas), pero son parte de un imaginario que hoy se ha modificado, como lo podemos leer en la poeta contemporánea Aida Reyes-Alcalde, de Antofagasta (Las quebradas siempre tan sosegadas / apenas un llanto / mas una lágrima es muerte y es barro / como si al lavar el cerro / ungiera al niño / en el desnudo grito / irresoluto de la madre). A mediados del siglo XX, las quebradas engalanaban las montañas y jugaban con los ríos; hoy son también una fuente de desasosiego.

Los tornados, por su parte, no son más que una imagen cinematográfica en nuestras mentes, un fenómeno ajeno a nuestra chilenidad que no es tan buena para dar vueltas. A pesar de que en la historia han existido algunos pocos documentados, pareciera que la ocasionalidad se ha revertido en la última década, con una aparición cada vez más común de estos eventos, tanto en su formato terrestre (tornado) como marino (tromba).

Se activan las quebradas, giran veloces las columnas de aire y nosotros, pasmados, vemos como aquello que hemos construido se desmorona frente a un clima cambiante y lleno de eventos abruptos. Colegios, universidades, hospitales y viviendas que están destinadas a desarrollar nuestra sociedad y cuidarla, ceden ante el potente paso del agua, la tierra y el viento, empujados por las consecuencias de un modelo extractivo de crecimiento económico.

La crisis climática es el período histórico que nos tocó vivir y espero que no olvidemos nunca que esto no es lo normal, pues recordarla tiene al menos dos efectos necesarios. El primero es que trabajemos para superar sus causas y con ellos disminuir sus efectos a futuro, pues a pesar de los esfuerzos científicos por prever dichos efectos, la realidad nos ha mostrado que estos pueden ser mucho más graves que aquellos que la ciencia alcanza a proyectar. El segundo es que entendamos que todas nuestras construcciones, tanto materiales como culturales y sociales, se han hecho sobre un supuesto de estabilidad que ya no opera de la misma forma, obligándonos a una adaptación colectiva e individual.

Y en este segundo espacio es donde nos toca poner mucha más energía y atención, puesto que mientras nuestro país ha hecho algunos esfuerzos por reducir sus emisiones, no es posible ver los mismos esfuerzos en lo que se refiere a proteger a la población, la economía y la propia naturaleza, frente a los efectos del cambio climático, tanto en su variable de grandes cambios sistémicos, como en su variable de eventos climáticos extremos.

La adaptación es una labor que inevitablemente requiere de una guía colectiva, que debiera ser asumida por el Estado en un país razonable, y que en el caso de Chile encuentra algunos pequeños lineamientos en los planes climáticos, faltando aún por desarrollar decisiones que cumplan efectivamente con estándares de adaptación.

Cuando miramos videos de chilenos reaccionando frente a terremotos y nos enorgullecemos de su calma, lo que estamos viendo es una acción regulatoria profunda, preventiva y responsable que obliga a la construcción con ciertos estándares que nos permiten, en Chile, quedarnos tranquilos frente a temblores que en otros países barren con sus construcciones. Tenemos esos estándares porque sabemos que habrán terremotos y porque colectivamente, luego de varias catástrofes, decidimos que era más importante regular la construcción aunque ello aumentara sus costos, pues creemos que un país desarrollado protege a las personas de que sus viviendas se desplomen sobre ellas cuando tiembla.

Frente a la crisis climática y sus consecuencias, nuestro trabajo es lograr regulaciones que nos permitan estar igualmente tranquilos frente a las lluvias que como lo estamos frente a los terremotos. Al igual que los terremotos, los aludes son una realidad cotidiana y proteger las quebradas es una de las cuestiones mínimas que debemos tener en cuenta. Pero además, ya no podemos olvidar, que dadas ciertas condiciones, en Chile también hay tornados.

Publicada en El Desconcierto – 02/11/26

 

Conoce SURGENCIA, nueva revista de ONG FIMA

La publicación reúne expresiones artísticas y literarias que abordan la relación entre las personas, los territorios y el medioambiente. El proyecto editorial busca abrir nuevos espacios de diálogo sobre justicia climática, acercando estas discusiones a públicos más allá del ámbito jurídico.

Santiago, Chile. Con el propósito de explorar nuevas formas de abordar los desafíos ambientales a través de la creación artística, ONG FIMA presentó el primer número de Surgencia, una revista que propone un encuentro entre el arte, la literatura y el derecho ambiental, poniendo la justicia climática en el centro de la reflexión.

La publicación nace de la convicción de que los desafíos socioambientales no solo requieren respuestas jurídicas y científicas, sino también espacios de expresión capaces de acercar estas problemáticas a la ciudadanía desde otras perspectivas.

Para dar vida a su primera edición, FIMA impulsó un concurso de arte y escritura dirigido a creadores de toda Hispanoamérica, invitándolos a presentar obras relacionadas con la justicia climática. La iniciativa buscó recoger distintas sensibilidades y perspectivas sobre los desafíos ambientales que enfrentan los territorios.

El arte como una nueva forma de abordar la justicia ambiental

A través de Surgencia, FIMA busca ampliar las maneras de comunicar y reflexionar sobre la protección del medioambiente, conectando el conocimiento jurídico con expresiones culturales que permitan abordar la crisis climática desde las experiencias, emociones y realidades de las comunidades.

En este sentido, la revista representa una nueva línea de trabajo para la organización, que complementa su labor de defensa jurídica e incidencia ambiental con herramientas de creación y difusión cultural.

Ezio Costa, director ejecutivo de ONG FIMA, comentó que «el trabajo que hacemos en FIMA, que es un trabajo más bien insurgente, tiene una serie de vinculaciones, creemos nosotros, con la forma en que los y las artistas expresan en sus obras la emocionalidad de estar perdiendo la calidad ambiental y de ver lo que la sociedad hace con la naturaleza. A mí personalmente me conmueve mucho en general eso, y es parte de lo que la revista SURGENCIA quiere relevar».

Una convocatoria que reunió distintas miradas sobre la crisis climática

Uno de los elementos centrales del proyecto fue su convocatoria abierta a creadores de Hispanoamérica, que permitió invitar a personas de distintos territorios a interpretar la justicia climática desde sus propias experiencias y lenguajes artísticos.

Para Esteban Cathalifaud, Ingeniero Ambiental, autor de Fragmentada, y tercer lugar del concurso “Surgencia: Arte y Justicia Climática”, su obra «muestra cómo la intervención humana ha fragmentado la naturaleza, e invitar a reflexionar sobre cómo actualmente no accedemos a la naturaleza tal como es, sino que accedemos un poco a una imagen de ella».

Mientras que Ana Laura Galarza Diez, artista visual, autora de Cuerpo-territorio, y primer lugar del concurso, destaca que «desde el arte hay mucho que puede servir para expandir la sensibilidad y conciencia del cambio urgente que necesitamos hacer».

Un encuentro entre arte, literatura y medioambiente

El lanzamiento de Surgencia se realizó en Jacarandá Bar y Cocina, en el barrio Bellas Artes de Santiago, en un encuentro que reunió a artistas, escritores, colaboradores y personas vinculadas al proyecto editorial.

La jornada contó con diversas expresiones artísticas que acompañaron la presentación de esta primera edición. La música estuvo a cargo de la banda musical Lux Violeta, mientras que la escritora Valún Paillaleve presentó su libro “Detrito del desastre”.

Con esta primera edición, Surgencia busca consolidarse como un espacio de encuentro entre disciplinas, territorios y experiencias, ampliando las posibilidades de expresión y reflexión en torno a la protección del medioambiente.