También es bueno celebrar al medio ambiente

  • Por Ezio Costa Cordella, Director Ejecutivo de ONG FIMA. 

Este viernes, 5 de junio, se conmemoró el Día Mundial del Medio Ambiente, y a pesar de la multiplicidad de problemas por los que atravesamos en la materia, prefiero tomar este espacio para, precisamente, celebrar.

El Día del Medio Ambiente se estableció en 1972, pero es evidente que el pensamiento sobre nuestra relación con la naturaleza es muy previo a ello. Por dar sólo algunos ejemplos, en el año 60 DC aprox, Séneca decía “me atengo a la naturaleza; la sabiduría consiste en no desviarse de ella y adaptarse a su ley y su ejemplo”.

En 1224 Francisco de Asís oraba “Alabado seas, mi Señor, por el hermano Viento, y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo, por el cual a tus criaturas das sustento”, y en 1678 la poeta Anne Bradstreet escribía “En la reciente marea otoñal/ cuando al Sol le restaba solo una hora para ocultarse/ los árboles ricamente vestidos, aunque desprovistos de orgullo/ se doraban bajo su cabeza dorada.// Sus hojas y frutos parecían pintados/ de verdes, rojos y amarillos, una mezcla de matices/ Mis sentidos quedaron embelesados ante esta vista deleitable”.

Fíjese que estos ejemplos provienen de valores muy diversos. La sabiduría, la trascendencia y la belleza son reveladas por estos pensadores a través de la naturaleza, como luego harán tantos otros desde tantas disciplinas y culturas diferentes. Sin pretender esencialismo, aquello que llamamos naturaleza, esa interacción constante entre elementos que van conformando la realidad material, es inevitablemente fascinante.

Y dentro del universo, aún más fascinante es la idea de que en una roca que flota en el espacio, pueda vivir una colección de seres basados en carbono que dependen los unos de los otros para continuar su existencia. Este pequeño espacio, tan improbable como impresionante, donde pueden habitar los humanos y todos los otros seres vivos de la Tierra, es, sin dudas, algo que vale la pena celebrar.

Lo celebraba también Jaime Luis Huenún cuando dijo: “Un coipo nada en el sol y tú te recoges en el agua, silencioso. / Son tus orillas el berro y el junco, / y la ancha sombra de los sauces / el destino de tu sombra bajo el agua. / Un pez alza la luz sobre el remanso. / El destello es tu espíritu que se hunde en lo profundo nuevamente”.

¿Es esto lo que se festeja en el día del medio ambiente? No exactamente. Las causas de que este día mundial exista no son muy espectaculares ni hermosas, pues simplemente se celebra la primera reunión mundial para abordar la crisis ambiental, allá por 1972. Una reunión enfocada en los problemas que recién empezábamos a entender y que nos han acompañado desde entonces. Es el nacimiento de la preocupación ambiental en términos jurídicos y políticos.

Celebramos habernos dado cuenta del desastre que estamos causando y quizás eso explique en parte el contenido general de las formas en que ecologistas y ambientalistas nos referimos a las cuestiones ambientales en estos tiempos. No faltan razones, la situación es crítica y a ratos pareciera que el impulso por la acumulación de capital tiene más fuerza que el amor por la vida.

Pero aunque no falten razones para ocuparnos y preocuparnos, vale la pena también poner más seguido sobre la mesa la fascinación por la naturaleza y el bienestar que ella nos trae y puede traernos. Desde escuchar el sonido de un río bajando hasta sentir el olor de la lluvia o el viento fresco en la piel.

Celebremos al medio ambiente, celebremos a la naturaleza y disfrutemos de la posibilidad de estar vivos. Mientras, sigamos buscando la dicha que nos enseñó Elvira Hernández al decir que “es un placer inmenso/la contemplación/de una jaula vacía”. Esta jaula imaginaria que nos ha separado de la naturaleza ya está demasiado oxidada.

Publicada en El Desconcierto – 07/06/26

 

El falso dilema del progreso

  • Por Carolina Palma Correa, coordinadora de Incidencia en ONG FIMA. 

Cada 5 de junio se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente. Esta efeméride establecida en 1973 nos invita a reflexionar sobre la acción del ser humano en nuestro hogar común. Si imaginamos el estado del medio ambiente hace cincuenta años muchas cosas han cambiado, algunas para bien y otras para mal. En la década de los ’70 éramos la mitad de la población mundial actual y debido a la industrialización, veíamos las grandes metrópolis con severos niveles de contaminación del aire, derrames de petróleo y la ausencia de regulación ambiental.

Esa misma década empezamos por primera vez a consensuar que existía algo así como el cambio climático y que este era causado por acción humana. Esa generación setentera fue la primera que a nivel mundial comenzó a movilizarse por causas ambientales y sin dudas que desde ese puntapié inicial, las cosas han cambiado un poco.

En nuestro país no existían hace 50 años leyes que protegieran nuestros derechos, hoy sí. Chile ha consagrado el derecho a un ambiente sin contaminación a nivel constitucional, ha desarrollado legislación para la evaluación ambiental y ha suscrito acuerdos internacionales en materia climática y ambiental. Sin duda nuestras reglas no son perfectas, todavía convivimos con dolores históricos como las zonas de sacrificio en en diferentes polos energéticos y comunidades completas que han tenido que ser desplazadas o afectadas en su derecho a la salud.

Avanzar entonces al cuidado del medio ambiente en el siglo XXI es seguir aumentando los estándares y no retroceder, ya que eso impacta directamente la salud de niños y niñas, hombres, mujeres y población vulnerable en general como adultos mayores.

Actualmente nos encontramos en esa encrucijada, un poco perdidos en discursos que banalizan el cuidado ambiental y monos de paja que caricaturizan el cuidado ambiental como si las arañas, los pingüinos o las chinchillas no tuvieran un rol en el equilibrio ecosistémico que permite la vida en el planeta, para aplicar un discurso que pone en contraposición la protección de la salud de los y las ciudadanos/as con la generación de empleo y de desarrollo. Estamos atrapados en esas narrativas. De esa forma, el año pasado se tramitó la reforma a los permisos sectoriales.

Ahora, los proyectos de ley de reforma a la institucionalidad ambiental y el plan de reconstrucción amenazan con quitarnos herramientas para proteger nuestra salud y el lugar donde vivimos. El medio ambiente es la base que sostiene nuestras sociedades, pero en lugar de buscar mejores formas de conciliar su protección con el crecimiento económico, estamos optando por retroceder. En cincuenta años más, el desarrollo no se medirá en cuántas trabas eliminamos, sino en cuántas vidas se pierden producto del daño que hemos hecho al planeta.

Publicada en Cooperativa – 05/06/26